Carnaval y excesos

Os habrán explicado ya muchas veces que el Carnaval es una fiesta con mucha historia: sus orígenes se remontan a fiestas griegas y romanas clásicas, y también tienen otras raíces relacionadas con el paganismo. Pero su forma actual viene relacionada con la Semana Santa cristiana y la Cuaresma que la antecede; como éstos se trataban de períodos de abstinencias y privación, los días antes de empezar se realizaba una fiesta de excesos. Y como en esta fiesta se trataba de subvertir el orden establecido, mucha gente usaba disfraces para que no se la reconociera y esto no tuviera consecuencias en su día a día.

De esta idea del Carnaval, con el paso del tiempo han ido perdurando algunas cosas con fuerza, y otras han ido perdiendo más significado. Si os fijáis, nos ha quedado el hecho de disfrazarse y, para alguna gente, ¡el hecho de excederse!

 

El Carnaval es una fecha especial; también porque es una fiesta que, además de poder pasarla con la familia, la hacemos con las amistades y hay muchas actividades y programación festiva para disfrutarla. ¿Y quizás a menudo es una de nuestras primeras salidas de noche?

Que sea una tarde o noche diferente, donde le damos la vuelta al día a día, donde experimentamos cosas nuevas, ¡es fantástico! Salir a la calle, jugar con nuestras identidades, hacerlo en buena compañía, conocer gente … y un largo etcétera. Pero que estas cosas tengan que estar relacionadas con el exceso y el no pensar en las consecuencias, es algo que deberíamos plantearnos. ¿Realmente es lo que queremos?
Planteémoslo así: ¿llevar un disfraz, quiere decir tener “carta blanca” para hacer cualquier cosa? ¿Dejamos de ser nosotros? ¿Todo se disculpa? Tiene poco sentido…

 

Por nosotros mismos, pero sobre todo si nuestras acciones afectan al resto; como que nos tengan que cuidar porque nos hemos pasado, molestamos a alguien o nos hacemos pesados, no entendamos los límites o cuando nos dicen un no (¡que los “no” se pueden decir de muchas maneras y tenemos que estar atentos!). A veces creemos que lo que hacemos o decimos sólo nos afecta a nosotros, pero si paramos un segundo a pensar, sabemos que no es cierto.

Imaginaros el otro lado: pasar la noche esquivando plastas, tener que decir varias veces que algo no te interesa o que toque cuidar a alguien que no se ha hecho cargo de sí mismo… por poner algunos ejemplos.

¿Son éstas las “nuevas experiencias” que queremos disfrutar? ¿Y son éstas por las que queremos que nos recuerden?

 

¡Hagámoslo memorable!

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