Contenidos audiovisuales
Cómo vemos la televisión (y qué vemos) ha cambiado mucho durante los últimos años. No hace tanto que en todas las casas había siempre una televisión en el comedor (o incluso una en diferentes habitaciones). La televisión era la pantalla más importante y deseada; no era extraño pelearse por el mando y por el programa que se veía. Pero en la actualidad podemos consumir contenidos audiovisuales en muchas pantallas, y de distinto tipo, muchas sin tener que compartirlas y además escogiendo el momento y el lugar desde donde hacerlo.
Dicen, dicen
Que la televisión es la “caja tonta”; que todo lo que se puede ver es “telebasura”; que los anuncios duran más que los programas; que en cada habitación hay una TV; que si te pasas muchas horas ya no te levantas del sofá…
Pero ahora ya no se trata sólo de poner en marcha la televisión y tragarnos (o no) todo lo que hacen durante toda la tarde, ir cambiando de vez en cuando de canal buscando algo que nos aburra menos. Cada vez tenemos más posibilidades para acceder desde diversos aparatos a contenidos audiovisuales muy diferentes (formatos más cortos, más largos, de ficción, de la vida de personas que conocemos, de desconocidas, musicales, documentales, sobre nuestras aficiones, series infinitas, gameplays…) que nos pueden parecer muy interesantes (o no tanto, pero que nos atrapan) y desde diferentes plataformas.
Las critican por
Se critica a la televisión tradicional porque el contenido publicitario llena gran parte del espacio y del tiempo. Es cierto que hay muchos anuncios, pero ¿sólo en televisión? La publicidad cada vez está en más sitios de nuestras vidas, especialmente en las pantallas. Y no siempre aparece de forma tan evidente como cuando un anuncio interrumpe nuestra película favorita. Muy a menudo la publicidad que más recibimos a través de las pantallas es por “emplazamiento”. Se colocan determinados productos, marcas o sus símbolos sin que se mencionen directamente en un espacio publicitario. Lo podemos ver en películas, programas de televisión, series, videojuegos, directos y publicaciones en Instagram, vídeos de YouTube, etc.
El contenido es muy repetitivo o rápidamente está pasado de moda. Pero cada vez más, los productos audiovisuales no se ven sólo a través de canales tradicionales. Las plataformas de stream nos permiten consumir (ver y escuchar) directamente desde internet sin tener que descargarlo en los dispositivos; podemos hacerlo desde una app o plataforma. Y significa que, si no nos organizamos bien, dependemos de la conexión a Internet y de disponer de datos. Además, que nos ofrezcan mucho contenido no siempre es sinónimo ni de original, ni de actual, ni de calidad.
Canales, plataformas o apps no nos informan bien, más bien nos desinforman… ¿Pero todo son fake news? Las noticias engañosas o falsas no son un reciente invento, como tampoco lo es mostrar sólo una parte muy parcial de la realidad. Contrastar y tener información de las fuentes será imprescindible para distinguir entre información y opinión.
Pero tienen cosas buenas
Cada vez tenemos a nuestro alcance más contenidos y más diversos. Podemos ampliar nuestras experiencias y conocimientos sobre temas casi infinitos y desde muy diferentes puntos de vista. Los contenidos no sólo están en manos de grandes corporaciones, que no sabemos qué intereses tienen, también hay activistas y colectivos, artistas y creadoras que han visto multiplicada su capacidad de difusión de mensajes y contenidos.
Ya sea a través de la televisión, plataformas, aplicaciones u otras pantallas, fácilmente podemos estar al día de todas las novedades. Unas novedades que además muchas veces encontramos de forma recomendada y adaptadas a nuestros gustos.
Además, el acceso ya no se limita a determinados horarios ni lugares. No es necesario esperar a llegar a casa para verlo, ni tampoco al día de la semana que lo hacen. Como mucho, aguantamos hasta que haya colgado la nueva temporada.
Y, además, algunas plataformas nos permiten no sólo consumir contenidos, sino también crearlos o comentarlos e interactuar con otras personas con las que compartimos gustos.
No nos despistemos de lo que hay detrás
Lo que parece alternativo quizás no lo sea tanto, y lo que parece que se adapta tanto a nuestros gustos quizás tampoco. Si todo es tan original, ¿cómo es que todas las personas acabamos viendo lo mismo? ¿Quizás nos adaptamos más nosotros a los gustos y propuestas de las empresas y corporaciones que al contrario? De hecho, hay propuestas de mucha calidad y muy interesantes que se cancelan o se dejan de hacer porque no llegan a tanta gente como se quisiera y, por tanto, no generan tantos beneficios.
Gran parte de la televisión tradicional y también de las plataformas de stream están en manos de grandes empresas que buscan el máximo beneficio económico. Como lo consiguen puede variar, pero lo habitual es a través de suscripciones de pago, la gestión y venta de datos de las consumidoras, así como la publicidad (cada vez más “personalizada” o, mejor dicho, con unos métodos más eficaces). De nuevo, el producto somos nosotros.
Estas empresas además son también propietarias de redes sociales, plataformas de venta de productos, aplicaciones de mensajería… Así que les interesa que compartimos, sigamos, mostramos, comentamos… qué estamos viendo, qué nos gusta, qué nos provoca.
¿El objetivo es que disfrutamos de contenidos o no nos detengamos nunca de consumirlos? Cuando nos vemos una serie entera seguida, porque los capítulos se ponen solos y cuesta parar, en unas semanas ni la recordaremos. ¿Puede que el objetivo sea que consumamos sin demasiada pausa, ni reflexión y lo antes posible y durante el máximo tiempo?
El contenido creado por creadores y creadoras de contenido más independientes depende totalmente del algoritmo de las plataformas, que premia y viraliza unos contenidos específicos y oculta aquellos que menos le interesan. Si alguien quiere destacar, debe seguir la corriente de lo que vende.
¿Puede que lo que creemos que es información en realidad se trate de opinión? A veces es cierto que en las pantallas no se informa, sino que nos desinforman; nos muestran las cosas de la forma que quieren y nos lo ponen difícil para contrastar la veracidad del contenido. Además, es muy fácil caer en contenidos que sólo confirman una y otra vez la misma opinión y se promocionan con mucha facilidad discursos de odio. Las cosas, cuanto más escandalosas, más clics generan.
Está bien si no consumimos…
Ni debemos tener tele ni debemos tener todas las suscripciones a Netflix, Amazon o Disney. Tampoco hace falta que estemos en todas las redes donde alguien que nos suene cuelgue algún vídeo.
No nos estresaremos por tener una lista inacabable de series que nunca baja porque siempre hay nuevas, ni nos pondremos de mal humor porque se nos ha llegado tarde encadenando vídeos absurdos de YouTube y dormiremos muy poco, ni nos sentiremos desanimadas porque todo nos parece que ya lo hemos visto y nada nuevo nos apetece…
Podemos ver películas, series, documentales o lo que sea que nos interese de forma compartida en casa, en aparatos que son colectivos.
Tendremos más tiempo para hacer otras cosas que nos interesen, más dinero para ahorrarlos por algo especial, más energía para dedicar a otras actividades.
Pero si consumimos, hagámoslo bien
Pongámonos un límite de tiempo y decidimos un horario a dedicarle. ¡Y respetémoslo!
Hagamos primero otras cosas y una vez hayamos terminado, podemos dedicarnos a ver algo. Hay muchas posibilidades, así que podemos elegir algo de pocos minutos o guardar el visionado a medias para continuar después.
No utilicemos otras pantallas mientras vemos series, vídeos musicales u otros contenidos. Si hacemos demasiadas cosas a la vez, ¡no haremos ninguna bien!
Estemos alerta de los mecanismos que se utilizan porque vemos contenidos sin freno (reproducción automática, carrito continuo, notificaciones flotantes en diferentes dispositivos…) y configuremos los aparatos y las cuentas para minimizar estos trucos.
No utilicemos los audiovisuales como recurso cada vez que nos aburrimos porque acabará convirtiéndose en un hábito. Busquemos formas diferentes de sacudirnos el aburrimiento.
Cómo las utilizamos y cuáles utilizamos no es algo casual ni tan neutral como a veces nos quieren hacer creer. Tomemos una posición crítica frente a las plataformas y los contenidos audiovisuales. Debemos ser nosotros quienes elegimos qué queremos ver, no es necesario que las empresas, a través de las recomendaciones y las reproducciones automáticas, decidan por nosotros y por nuestros gustos.
Comentemos y debatamos sobre los contenidos, exijamos contenidos de calidad y si es necesario, tomemos partido contra aquellos contenidos que discriminan o violentan.
No hace falta que tengamos todas las pantallas ni tampoco que cada uno en casa tenga una propia e individual. Si las compartimos o pensamos antes de comprarla cuál queremos en concreto y qué uso permite, reduciremos el impacto de nuestro consumo en el planeta, y seguramente también reduciremos las horas que lo utilizamos.
No hace falta que nos gastemos dinero, ni que pidamos a la familia que se gaste. Pero si lo hacemos pactamos un presupuesto y no nos gastamos más dinero del que habíamos previsto en suscripciones, donaciones, compras asociadas, etc. Muchas plataformas también hacen dinero con la publicidad (en muchos casos encubierta) promocionando productos para venderlos sin admitir (o avisar) que lo hacen. No pasemos por alto las condiciones de uso que firmamos, la gestión de datos que se realizan y la publicidad a la que se nos somete.
Si tenemos una cuenta o podemos dejar comentarios y reacciones, procuramos no compartir información privada ni datos personales.
Prestamos especial atención cuando…
No somos capaces de parar cuando nos lo proponemos, y esto nos genera malestar. Ni cuándo debemos hacer tareas de casa, ni cuándo debemos ir a dormir, ni cuándo hemos quedado con gente, ni cuándo debemos hacer los deberes.
Mentimos sobre el tiempo que pasamos veían series, programas, directos o vídeos de todo tipo. Y nos enfadamos de forma desmedida cuando no podemos hacerlo.
Nos cuesta cada vez más concentrarnos en lo que estamos viendo o escuchando, ya menudo acabamos recurriendo a otras aplicaciones o pantallas para hacerlo todo a la vez y evitar aburrirnos.
A veces parece que no podemos estar a solas, dormirnos o realizar tareas sencillas sin tener un vídeo o un podcast de fondo. ¿Quizás estamos tratando de llenar cada espacio mental para evitar pensar o sentirnos a solas?