Dispositivos

Aparatos electrónicos, dispositivos, pantallas… móviles, tabletas, ordenadores, smart tv, consolas portátiles, reproductores, relojes “inteligentes”, libros digitales, pizarras electrónicas y pantallas digitales en el aula… Cada vez hay más aparatos electrónicos diferentes y aunque cada pantalla tiene sus funciones concretas, al final todas se parecen mucho y sirven para cosas muy similares. Dicho de otro modo: puedo llamar desde el reloj, mirar vídeos desde la consola portátil, jugar online desde mi móvil o interactuar con mis amistades desde la tableta. Lo puedo hacer «todo» desde «todas» las pantallas.

Y nos dicen que las necesitamos todas. Necesitamos el móvil porque es sólo nuestro y nos da privacidad, necesitamos la consola para tener la mejor experiencia con los juegos, necesitamos el portátil para poder hacer el trabajo del instituto, necesitamos la tele para ver series y streams mejor…

¿Pero es realmente así? ¿Necesitamos tantas pantallas? ¿Qué consumimos tantas tiene algún impacto sobre nosotros? ¿Y que las consumimos con mucha frecuencia tiene algún impacto en el planeta?

Dicen, dicen…

Dicen, dicen… que no se puede vivir sin pantallas, porque hemos nacido con ellas; que la gente adolescente está muy enganchada; que está afectando a las relaciones personales que mantenemos; que, si no sabemos utilizarlo, no podremos acceder al mercado laboral; que no deberían utilizarse en todas partes o sí (bueno, depende de quién lo diga); que nos hacen la vida más fácil…

Dicen muchas cosas, algunas bastante contradictorias entre ellas.

Pero lo cierto es que las pantallas se perciben como una necesidad (aunque no lo sean), no sólo como un deseo, y que esto sea así no beneficia a todos por igual.

Las critican por…

Se las critica mucho, pero no por los motivos que más deberían alarmarnos o preocuparnos.

Si pensamos por ejemplo en el móvil, ¡lo vemos claro! ¿A veces a quien se critica en realidad es a quien hace uso y no en la pantalla en sí misma? Se critica por el tiempo que se utilizan, por el contenido que se genera y consume, por cómo se expone la intimidad, por qué se pueden dar relaciones de acoso…

Pero no se critican las prácticas empresariales abusivas, la gestión que se hace de los datos por parte de las empresas, la dependencia que generan de forma pre-diseñada con el objetivo de aumentar beneficios económicos… Y tampoco se critican por las emisiones contaminantes que se genera al fabricarlas y utilizarlas, ni la cultura consumista que se promueve, la dificultad de reutilización o reciclaje de sus componentes o las relaciones coloniales norte-sur que se dan en su producción.

Pero tienen cosas buenas

Nos permiten disfrutar de los contenidos que nos interesan y realizar actividades que nos gustan. Podemos generar contenidos, plantear creaciones artísticas, generar y exponer nuestra identidad…

Sirven para el entretenimiento pero también para estudiar, trabajar, aprender nuevas habilidades… Podemos ver cosas pero también podemos grabar, montar, compartir… en resumen, crear cosas con esta tecnología.

La mayoría de aparatos los podemos tener fácilmente al alcance, bien sea porque los compramos, o porque alguien de casa o de la familia tiene uno y podemos compartirlo.

Además, algunos de ellos nos pueden acompañar a todas partes como el móvil, un reloj “inteligente” o una tableta. Es verdad que una televisión se hace más difícil llevarla encima todo el día.

Pero para solucionar esto, a menudo surgen actualizaciones o versiones mejoradas (aunque sean mejoras tecnológicas a cuentagotas) que nos permiten hacer nuevos usos. Ahora para ver la televisión ya no necesitamos este aparato, la podemos ver en otros dispositivos que son portátiles.

Podemos aplicar sus usos a tareas diarias para que nos sean más fáciles o accesibles, incluso en el instituto, en la universidad o en el trabajo nos obligan a utilizar determinados programas. Y en casa puede servirnos para controlar los gastos que tenemos, el reparto de tareas del hogar, o hacer listas de la compra colaborativas.

Nos hacen sentir que estamos más comunicadas con otras personas y en muchas ocasiones más autónomas de las personas adultas. Aunque formas de comunicarnos a distancia ya las había antes de las pantallas, como las cartas y las postales, ahora nos permiten una comunicación instantánea.

Que no nos despisten de qué hay detrás

Saber en qué condiciones han sido producidos y comercializados los dispositivos no es fácil, ya que toda la publicidad y promoción de los aparatos destaca sólo lo positivo para potenciar su compra (¡y cuanto más inmediata y sin reflexión de las consumidoras mejor!).

El ejemplo es el móvil, pero lo vemos también en cualquier otro aparato electrónico. Si queremos saber dónde ha sido fabricado y en qué condiciones, tanto de las trabajadoras como de impacto en el medio ambiente, no será fácil sacar algo en claro.

En muchas de las industrias en las que se fabrican los aparatos de las marcas más importantes se producen violaciones de derechos laborales (incluso los más básicos) de las personas que trabajan: jornadas laborales muy extensas, sueldos muy bajos, falta de descansos, situaciones de salud nocivas y riesgos laborales muy elevados… Y no lo decimos nosotros, lo alertan organizaciones como Amnistía Internacional. La mayoría de producción además se da o bien en países del sur global y empobrecidos (porque así las empresas abaratan los costes y maximizan los beneficios) o bien en aquellos en los que la legislación es más flexible y favorable a prácticas no respetuosas ni hacia las trabajadoras, ni tampoco al medio ambiente.

Y esto sólo en relación con la fabricación, pero después está el transporte y la distribución, que también tiene un impacto ambiental muy elevado.

Por otra parte, lo que duran los aparatos coincide con la disponibilidad de nuevos modelos. Algunas pantallas podrían durar mucho, pero la experiencia nos dice que el cambio es constante; los motivos pueden ser diversos (querer estar a la moda, obsolescencia programada, dificultad de reparación, etc.) pero la percepción en general es que podemos y debemos consumir tantos aparatos electrónicos como queramos (si en casa tienen el dinero para comprarlos). Esto es absolutamente artificial y creado para que consumamos más y más.

Con este modelo consumista, surgen preguntas importantes:

  • ¿Son infinitos los recursos materiales para crear dispositivos?

La respuesta está clara: no, no son infinitos. Y esto ya lo hemos podido comprobar cuando algunas marcas han anunciado modelos de consolas que después no podían fabricarse por falta de materiales de sus componentes, o marcas de teléfonos móviles que han tenido que retrasar el lanzamiento de su nuevo modelo por falta de piezas.

  • ¿Por qué cuesta tanto reparar los aparatos?

¡No debería! En muchos casos, ni es difícil técnicamente ni es costoso económicamente. Interesa que no sepamos cómo funcionan los aparatos para que no nos atrevamos a repararlos o que sea muy difícil (o caro) adquirir piezas de reemplazo, o que las reparaciones tarden mucho tiempo… Así, incentivan a que se compren aparatos nuevos.

  • ¿Dónde van a parar o qué hacemos con los aparatos que ya no utilizamos?

Nos gustaría que la respuesta no fuera ésta, pero en muchas ocasiones los residuos electrónicos no se gestionan adecuadamente y devuelven a países del sur global como productos de “segunda mano” pero que en realidad son desechos electrónicos que se acumulan a toneladas, que sin tratar estropean el entorno y perjudican gravemente las condiciones de vida de las comunidades que viven en estas zonas.

Está bien sino tenemos…

¡Es fantástico no tener móvil! ¡Es muy guay si en casa decidimos regalar la tele y no tenerla! ¡Genial si las consolas no nos interesan! Tener pantallas no es una obligación ni un derecho humano, es una opción que podemos echar.

No estaremos todo el día pendientes de las baterías, las notificaciones, si tenemos que llevarlas encima, si se rompen, si suenan…

Nos podremos gastar el dinero en otras cosas útiles: unos mosquetones de escalada, un regalo para la abuela o dos libros.

O si tenemos, ¡usémoslas bien!

No necesitamos tenerlo cuanto antes, ni tenerlas todas. Ni tampoco es necesario tener siempre los últimos modelos.

A la hora de pedir un aparato, procuramos distinguir entre deseo y necesidad. ¿Para qué quiero? ¿Cuándo y cómo lo utilizaré?

¡Cuánto más las compartimos, mejor! No necesito una tele en la habitación o una tableta propia.

Podemos conocer alternativas y modificar nuestras prácticas de consumo por lo general, también de los dispositivos. Informémonos como personas consumidoras de nuestros derechos.

Acabamos con la cultura desechable de los aparatos electrónicos. Apostamos por reutilizar, arreglar y hacer un buen mantenimiento de los dispositivos para que duren más, y tengan un menor impacto negativos sobre el medio ambiente y los países del sur global.