Uno de los aditivos más polémicos del tabaco es el amoníaco. Y casi es el mismo que el producto de limpieza (clorhidrato de amoníaco) que usamos en casa, a menudo diluido en agua, para quitar manchas, grasa y suciedad en general.

Si lo inhalas, se irrita la garganta, se inflaman los pulmones y te puedes dañar las vías respiratorias y los ojos.

Y todo esto, porque el amoníaco incrementa la alcalinidad del humo del tabaco. Es decir, esta sustancia hace que se libere más nicotina y que esta genere aún más dependencia a las personas que la consumen.